Hoy iba a dedicar la mañana a planchar. Sin embargo a las 11 he recibido una llamada que esperaba para hacer unas gestiones en el trabajo y el día se ha empezado a mover.
He dado el biberón a la pequeña y tras poner una muda en su bolsa la he vuelto a encajar en la maxi-cosi y a casa de los abuelos, previamente avisados. Vuelta a coger el coche, aparcar, coger el tren -momento relajado y aprovechado para avanzar unas páginas en el libro sobre Coco Chanel- y llegar a mi destino.
Lo primero que veo al salir a la calle es que me la han cambiado. Las aceras son más anchas, han puesto unos parterres más amplios, cambiado las farolas y, sobre todo,
Colón me estaba saludando desde el centro de su glorieta. Me he permitido el paseo por las Salesas, Argensola y Campoamor para mirar los escaparates de algunas tiendas. Y de nuevo me han cambiado el espacio, la plaza de
Santa Bárbara peatonal.
Una vez reubicada, llego al trabajo: saludos, cuándo vuelves, cómo estas, qué tal la peque, cómo lo lleva la mayor.....y trámites varios con los jefes. Total hora y media, me tengo que ir volada que a la bebé le toca comer y no llego.
He tenido cinco minutos para entrar en Osyho y comprar una camisa de cuadros. Una vez más el "cálido" vagón de metro y el más tranquilo asiento de tren. Llega a destino, coge el coche, aparca y sube a la casa para, sin respirar, sentarte y dar de mamar a la pequeña; come en diez minutos mientras hablas con el cónyuge y vuelve a ponerte en marcha que la mayor sale del cole.
Y la tarde ha continuado con carreras: vuelta a salir a la calle para más recados, baños, cenas y mala conciliación de sueño de la bebe...Ahora están dormidas, puedo sentarme y leer los blogs, escribir esta entrada y con un poco de suerte, tejer un par de vueltas de los
calcetines.
Lo peor de todo es que me he dado cuenta de la cantidad de tiempo que hacía que no tenía todo el día puesto los
tacones. Que cansancio, por Dior.
Mañana, sin falta, lo prometo, atacaré la montaña de ropa que está a punto de desmoronarse.